lunes, 22 de junio de 2009

VICENTE FERRER



Desde pequeño descubrí que en mi piel y en mis glándulas lacrimales tenía una especie de detector de personas santas. Lo he bautizado como "el detector del carisma de santidad". Daba igual si los veía de frente o si se iban acercando a mis espaldas, sin verlos, incluso sin saber que estaban allí, inevitablemente se me erizaba el vello y mis ojos comenzaban a llorar, no de tristeza, sino de dicha, una dicha inenarrable y era más intenso el llanto cuanto más cerca estaba de ellos. Es como si estos seres fuesen una especie de iman que irradia un enorme campo magnético que te afecta a medida que te acercas fisicamente a ellos, como si fueses una simple limadura de hierro. Me ha sucedido con pocos, lo confieso, pero todos ellos han dejado una huella indeleble en mi corazón.
Cuando conocí a Vicente en Madrid me sucedió, a medida que me acercaba al estrado donde se hallaba, sonriente, cercano, un escalofrio recorrió mi columna y las lagrimas resbalaron por mi rostro. Conocerlo me ayudó a recobrar la confianza en el ser humano. El mundo está necesitado de seres como Vicente, cuyo recuerdo y su obra jamás morirán y siempre, siempre permanecerán con nosotros.

"Asatoma sat gamaya
tamaso ma yiotir gamaya
Mrityorma amritam gamaya"